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Los "peligros" de las Antenas

Antonio García Pino

 

Espectro de radiaciones electromagnéticas

Antena de telefonía móvil

 

    Telefonía Celular

 

Modelo de cabeza para simulación por ordenador

Comparación de niveles de potencia de teléfonos móviles con antenas diferentes
                    

Las ondas electromagnéticas son un fenómeno natural. Como tantos otros fenómenos naturales, el hombre ha sabido utilizarlas para su propio beneficio. Eso es el progreso.  Entre las aplicaciones de las ondas electromagnéticas podemos destacar las de telecomunicaciones, las aplicaciones biomédicas,  las de exploración espacial y las de exploración de la propia Tierra.. La evolución de la humanidad lleva emparejada una continua perturbación de la naturaleza. Es correcto exigir que esa perturbación no sea tan exagerada que pueda ocasionar problemas irreversibles. Pero esto debe estar basado en un conocimiento serio y científico de los efectos, y no en simples especulaciones. Si empezamos a cuestionar cada avance de la Ciencia, de la Tecnología, o de la Sociedad de la Información, la Humanidad va a empezar su camino de retroceso hacia el Paleolítico. 

Las ondas electromagnéticas se clasifican según su frecuencia. Todas son naturales y están contenidas en distintos niveles, por ejemplo, en la radiación solar. 

Existen las llamadas ondas IONIZANTES, de muy alta frecuencia, como los rayos X. Estas son capaces de perturbar el ADN y está comprobado que pueden ser dañinas. Sin embargo, en pequeñísimas dosis, pueden ser útiles, como es el caso de las radiografías. Naturalmente se trata de una exposición brevísima y no continuada.
Por debajo en el espectro tenemos las radiaciones ULTRAVIOLETAS, EL ESPECTRO VISIBLE y LOS INFRAROJOS. La radiación ultravioleta puede causar cáncer de piel, pero sólo a los que exageradamente se pasan más horas de las aconsejables tumbados al sol sin las protecciones necesarias.
Por debajo tenemos la zona del espectro en la que trabajan las antenas: Ondas MILIMETRICAS, MICROONDAS y RADIOFRECUENCIA.

La radiocomunicación consiste en generar una onda electromagnética, incorporarle una variación que contiene la información que se desea transmitir y radiarla usando una antena (transmisora) hacia otra antena (receptora) que será capaz de recibir esa onda y extraer la información que contiene (señal de voz, imagen de televisión, etc.). La onda tiene que tener una potencia suficiente para que sea recibida y suficientemente pequeña para que no cause otros problemas. Las antenas son las encargadas de ese paso de transición de la onda entre los equipos electrónicos y el aire. Permiten que esa transición se haga en óptimas condiciones. Evidentemente, la antena que tenemos en nuestro tejado para poder ver la televisión sólo es una antena receptora y no produce radiación directa.   Afortunadamente, los equipos receptores son muy sensibles y necesitan una potencia minúscula para poder detectar la onda y extraer la información que contiene. Por eso no es necesario radiar potencias muy grandes para conseguir un enlace radioeléctrico. Los receptores, que se sepa, son mucho más sensibles a las ondas que los tejidos biológicos.

Hasta el momento, el único efecto constatado sobre los tejidos biológicos de estas ondas es el calentamiento. Pero es necesario una potencia mucho mayor que la que habitualmente se transmiten las antenas de comunicaciones. Incluso este efecto ha encontrado sus aplicaciones médicas, ya que es posible concentrar la radiación de un grupo de antenas sobre ciertos tejidos con fines terapéuticos (tratamientos de hipertermia). Pero la hipertermia que producen las antenas de comunicaciones, en sus condiciones normales de operación, es insignificante.

Para asegurar la inocuidad de las ondas producidas por las antenas, las emisiones radioeléctricas están sujetas a su propia normativa, como si se tratase de un código de circulación de las ondas, que asegura que unas ondas no interfieren con otras y que se respetan los umbrales por encima de los cuales se podría desconfiar de su inocuidad. No nos planteamos suprimir los coches, sino que exigimos que se respeten las normas de circulación y las limitaciones medioambientales en cuanto a emisión de gases a la atmósfera, porque entendemos que eso es suficiente. De la misma manera, es suficiente exigir que se respeten las normativas que limitan las emisiones radioeléctricas. No hace falta suprimirlas completamente para estar tranquilos.

De todas las antenas de comunicaciones, las que más preocupación causan en los científicos son las antenas de los teléfonos portátiles y no las de las estaciones base. Esto se debe a que las ondas se atenúan fuertemente con la distancia. Hace más de un siglo que vivimos inmersos en señales radioeléctricas de origen artificial. Las emisoras de radio y televisión no han suscitado nunca tanta especulación como causan ahora las estaciones de telefonía móvil, a pesar de que la potencia radiada es varios órdenes de magnitud mayor. Por ejemplo, una emisora de radio de 1 kilowatio de potencia a una distancia de 1500 metros produce un campo similar al de una estación de telefonía móvil de 1w a 50 metros. La cuestión es que las estaciones de telefonía móvil son muy abundantes y nos causan un efecto psicológico mayor. 

Por otra parte, conociendo el funcionamiento de la telefonía móvil, resulta que cuanto más lejos estemos de la estación base, nuestro teléfono móvil deberá entregar más potencia a su antena para establecer el enlace de vuelta (enlace ascendente). El principal problema es que la antena transmisora de nuestro teléfono está prácticamente pegada a nuestra cabeza, por lo que una parte de la potencia que transmite puede ser absorbida por nuestro cerebro. Se desarrollan estudios de todo tipo con el objetivo de cuantificar la potencia que absorben los tejidos biológicos al utilizar el teléfono móvil. En el diseño de antenas para los teléfonos, se tiene en cuenta este aspecto como un factor de mérito y se buscan antenas que radien lo mínimo posible hacia la cabeza. Tampoco se han encontrado evidencias médicas de que tenga consecuencias letales. Pero como es el caso más comprometido, las autoridades suelen recomendar prudencia y usar el teléfono móvil sin abusar de él.

De todas formas, los principales peligros de la telefonía móvil son:

Los accidentes de circulación que causa el uso de teléfonos móviles al conducir. Afortunadamente el nuevo código de circulación toma conciencia de este problema.
La injustificada alarma social, que va a terminar desencadenando en locura colectiva si no se relaja un poco el ambiente.

Hay que preguntarse cuales son las causas de esa alarma, sobre unos presuntos efectos en la salud que ni están demostrados y que todos los estudios apuntan a que son insignificantes, si se cumplen las normas. Hay casos más patentes de efectos nocivos demostrados y tolerados en cierta medida: emisiones de gases por los vehículos, niveles de ruido ensordecedor, vertidos industriales, etc. . Habrá que plantear si no existe detrás de esta alarma una motivación puramente económica. 

 

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Webmaster:  Antonio García Pino agpino@com.uvigo.es

Última modificación: 05 de febrero de 2002